© Dr. José A. Callejón
Pregón Fiestas Dalías 2026
DRAMATIS PERSONAE
Actantes con diálogo:
Rey Felipe
Reina Leticia
Remedios la Chinche
Francisco Trinidad (alcalde lameculos)
Gabrielico el santo (Hermano Mayor)
Madame Lentejina (Callejona envidiosa)
El Ezequielote (PP)
Canónigo
Junta Directiva
Peña Infiel (mensajera de la Casa Real)
Chupaviejas (también tesorero de la Hermandad).
Montserrat (Montse)
Ángel Consejero
Un Vocal.
Actantes sin diálogo
Un espectro peleante
El Pasanto
Pepe el Escamilla
Maripilis
Arzobispo
Monseñor (Monse)
Bob Dylan de AliExpress
Zopilote Maldades
Un transeúnte devoto
Comitivilla (Hermandad)
Periodistas de Telediputación
Puto Cristo
Vírgen follacosas.
Personajes metateatrales mencionados
Padre Rubio (Turbio)
María Soledad (primera dama de Dalías)
Josecristo
Trump
Góngora (Delegado del PP)
Gitana del PSOE
Borbones
Montoyas
Estantigua (Callejona en camino)
Alumnos de Lentejina (IES Picasso)
Gnomos y duendes de Balanegra.
➡️ 🎭
Después de los sanantones,
cuando el humo se dispersa,
hallaron un taco ahumado
con la punta medio tersa.
Era un cacho de madera
ennegrecido, miserable,
que a cualquier hombre sensato
no parecería venerable.
Pero en Dalías la fe apura
con olfato diferente;
si al Padre Rubio amplía fama,
inspira divinamente.
Don Francisco Trinidad,
regidor de la parroquia,
avisó a Gabriel Lirola
con celeridad, y aloquia:
—Primo, se desenterró este leño;
no quiero condicionarte,
pero tiene, creo, más historia
que eras ‘posturea’ Marte.
No se ve estaca de alcoba
de esas que, a pompa expuesta,
me mete María Soledad;
mantilla a encaje es mi apuesta.
Gabrielico lo contempla,
lo gira y lo vuelve a oler,
y después de persignarse
pronuncia su parecer:
—Proviene de Jerusalén;
no me cabe la menor duda;
aquí hubo inscripción divina
aunque veta esté desnuda.
Perteneció al ‘Josecristo’
según mi revelación.
Conserva, ves, sangrecilla
de agónica convulsión…
Quizá el Padre Rubio mismo
en un arrebato místico
se lo trajo hasta Dalías
desde aquel Oriente Bíblico.
Que si no había oros a mano
para hacer un buen botín,
pues ‘chuleó’ un trozo de cruz,
que tampoco está tan mal, en fin.
Alcalde oía boquiabierto
con dotes de rumorista;
de arranque, ocurrencia o pronto,
vive oportunidad imprevista.
Porque un taco chamuscado
explicado adecuadamente
puede llenar titulares,
cotizan patraña y fuente.
Y al momento los dos primos,
con fervor episcopal,
configuraban relato
del misterio cardinal.
Vio el patio de Diputación
la televisada entrevista
cofrade con sugestión
de encargo proselitista.
Y se exhortó en vivo al Rey:
—Traiga a la reina y le damos
morcilla, un par de merengues
y en cerro nos la follamos—
cavila el Ezequielote;
y «el caballo camina pa’ alante,
el caballo camina pa’ atrás»
se puso a ensayar galante
tras afecto inesperado
a invitación parroquial.
De Zarzuela respondieran
con un sí institucional
mandando una comitiva
que encabezó Peña Infiel:
—Que aceptan con gran honor.
Peregrinarán a riel.
Dalías recibiría al Rey…
Jamás ensoñara tanto
por Celin y Cantarranas
a tamborazos Pasanto.
Canónigo, tras la nueva
quedó sin respiración,
se hacía pedazos a rezos
de pura satisfacción.
Y en brindis derramó el caliz
hielo, ginebra y tónica:
—¡Bienvenido, Majestad!
De desvergüenza pletórica.
Antes, tras un pleno urgente
que airea el dang dang de bronces [1]
se le quitó al Escamilla
lo que le correspondía
hasta entonces.
Pregón los de la Hermandad
revocaron con frescura:
—Mejor loar a Felipe,
tiene más desenvoltura.
—Perdónenos, Pepe mío,
no se lo tome a mal,
el pregón lo ha solicitado
la Corona Nacional.
—Persevere hasta que de ONCE
premio oreen sus cupones.
—Balermero, es que, el Borbón
congrega a más tontorrones.
Y llegó cita, fue un domingo,
con campanas de estampida;
Maripilis se lanzaron
a la iglesia de corrida.
Escapularios, colonias,
rosarios, recogimientos,
cada una con su lloro
cristiano, o remordimientos.
De entre todas destacaba,
por talla monumental,
Remedios, medía dos metros,
cumplidora y puntual.
Pasando junto al casino,
se echaba al último toque
cada seis pasos, diez pedos,
capaz de demoler el bloque.
—Suena el repique, no me oyen—
pensaba ella campechana;
se resquebrajó ahí el subsuelo
de la Ñeca a Tarambana.
Calle arriba del Turrones,
con sus patas de porcina
venía también hacia el templo
reaccionaria Lentejina [2].
No intentaba camuflarse
sociópata de imprudencia
tan tóxica por las heces
que evacuaba con vehemencia.
Sin pañal igual que Trump
se saltaba eso del baño;
defecaba como cabra
cuando hace senda rebaño.
La aficionó a esto una fiesta
de carne y vino a la lumbre;
se olía jazmín de terraza
primer mierdón de costumbre…
Leyenda siguió en La Loma,
sus lentejas y pancetas
salpica al cagar, y alumnos,
a cubrirse con carpetas.
Pero hoy Ángel le aconsejó:
—Compórtate en Comepollas;
contente cuando ovacionen
a los Borbones Montoyas…
durante una clase en IES Picasso, El Ejido.
Ahora está en IES Sierra de Gádor, Berja
Monse en el confesionario
da a OnlyFans bendiciones
mientras a Leti la asedian
a pique de crearle erupciones.
Un Bob Dylan de AliExpress
con guitarra, a púa ‘partía’,
tiempo para desfilar
ambienta, o lo pretendía.
Fila crece interminable,
desde el pórtico hasta altar;
falta solo la Estantigua
a paso de subnormal.
Compungiendo los semblantes
lo mismo que para un pésame,
empringan viejas a reina
que clamó: —¡Tierra trágame!
La víctima enmudecía
con compostura oficial,
aunque ya llevara cara
peor que un plato de flan.
—¡Qué paciencia tiene reina!—
dice Montse en confesión,
viendo a Leticia encarar
churretes a estampación.
Pegajosa de saliva,
y casi dando una arcada,
fuera a sentarse por fin
visiblemente ‘encuernada’.
Con cabecita amorrada
y mirada de matón
a ver quien más la babea
o la acoquina a succión.
Fue pensarlo, y desde arriba,
cayó como palma enorme,
generosa e irrechazable
persuadiendo a disconforme.
La agarró por la barbilla,
la levantó del pescuezo,
y dejó a doña Leticia
casi en puntas de los pies tiesa.
Su postura hasta envidiara
para un minué bailarina
cara a cara con Remedios
que aparecía repentina.
—Tienes que comer pan,
bonica: fon, fon.
Y le endiñó dos espesos;
su dentadura, a esto, en cajón.
Se quedó reina mirando
a infinito celestial
preguntándole a vidrieras
qué mal hizo, existencial.
La iglesia, olla rebosante,
desde púlpito a coral,
le silva a la sacristía
por la demora teatral.
Gabrielico trajeado.
se retocó el medallón,
sabía él darse importancia
a golpe de subvencion:
—Hay que hacer pueblo, ea,
soy el Hermano Mayor;
me canonizan, lo juro.
Góngora es un amor….
Cerca de él, Chupaviejas [3]
y el zopilote Maldades,
implacables codifican
últimas voluntades
de ancianas. Ser serviciales
subyuga, crea compromiso,
premio en el testamento,
quizá escritura de un piso…
El Rey subió escalinatas
con solemne potestad,
y a aplauso asintió en tarima
ganándose a cristiandad.
Tosió, carraspeó: —gorrrh—
y relajó la quijada,
frente a la Hermandadilla
ya en su parata alfombrada.
Un transeúnte devoto
sin zapatos y sin aire
por ver al Cristo, a octograma [4]
vino a descansar. Desaire,
Chupaviejas cuenta que hizo,
reacio a irse. —Y a engalle
de obstinado, Vocal dijo,
¿Te inflo a hostias en la calle…?
El Rey iba a leer ya hoja,
se le veía ‘ineclipsable’
con ese saber estar
ascético, inquebrantable…
¡Pues no! Tras su cocorota
se asomó al ceremonial
un espectro peleante,
muy contrariado, marcial,
que inspirándose en los tebeos
por prescindir de argumento,
fumigó, a espray, fea pimienta
dando a viñeta tormento.
Logró ‘sulfatarle’ hocicos
como priora a un violador,
y el Borbón se descontrola,
sentía espontáneo escozor:
—¡Me cago en el Puto Cristo
y en la Vírgen follacosas!
¡Me aportan nasal matiz
canas del chocho mohosas…!
¡Me abrasó cejas, pestañas!
¡Me achicarró el lagrimal…!
Excusen mi desliz léxico
de encojonamiento Real.
—No profanó Rey a muertos
cofrades con ruin pasión;
blasfemias no husmeen, letrados,
solo es humana reacción—
al hilo alcalde interviene.
Y aportó un dato: —El sujeto,
Majestad, vota al PSOE, a gitana [5].
Que es reincidente os prometo.
Lleva cincuenta denuncias
de VOX y de alrededor.
Felipe obvió muy sufrido:
—Ah, bueno. Me quedo así mejor.
Pero Leticia, a sus brazos,
había visto suficiente:
—Vámonos, que nos matan.
¡Si son de broza simiente!
Salgamos de zafarrancho
antes de acabar difuntos;
yo no me pienso esperar
a conocer más asuntos.
Y el monarco, arrepentido
de haberse a aldea presentado
miró al techo y expresó
un pensamiento influenciado:
—Con lo bien que estaba
paseando
yo en el Museo del Prado
entre cuadros de Meninas
y aire acondicionado.
Allí sí que estoy tranquilo
rascándome los cojones;
se está en Museo, como Dios,
y no entre estos pelindones.
Gabrielico al oír aquello
se ilumina de repente:
—¿Museo? Pues, aquí tenemos uno,
Majestad, precisamente.
El Museo del Padre Turbio,
con objetos de un valor…
Venga usted conmigo, Rey,
comprobará su esplendor.
Le prestaré el pañuelico
que conserva la memoria
de un episodio muy íntimo
a la luz de palmatoria.
Felipe, algo escarmentado
pregunta con precaución:
—¿Y qué es lo que tiene el kleenex
para esa consideración?
—La reliquia alivia y cura,
se bendijo en sinagoga…
¡Redobla, Pasanto! ¡Creas intriga
cuando tu alcalde prologa!
Gabrielico veloz vuelve:
—¡Porque se limpió aquí paja
el Padre Rubio, Majestad!
¡Inhale herbácea tortaja! [6]
Leticia cerró los ojos.
Felipe, comprobó hecho,
y al bueno del arzobispo
empieza a dolerle el pecho.
Dylan de AliExpress ya iba
al «Alabaré» y a lucir polo
pero al fondo Callejona
reclamó también su solo.
Era Madame Lentejina
encaramándose a banco:
—¡YO exijo protagonismo!
¡YO también tengo rango!.
Las cabezas se volvieron
con inquieta gravedad
para atender ese embate
que reivindicaba igualdad:
—¡Llevo años contrastando
pollones [7] cara a pizarra.
Y a abiótico sin cimbreles [8]
le dais la flor de alcaparra…
Se espatarró tras denuncia
y con gesto desafiante
a defecar ‘darwinesca’
procedió determinante [9]:
—¡Se acabaron los honores,
la reliquia y el pregón,
el Rey, la Reina, arzobispo
y anunciada intercesión!
Fue tan rotunda maniobra,
tan completa la expulsión,
que quedaron sin palabras
población e institución.
Así fue como impetuosa
‘cazagnomos’ [10] dio zarpazo
al pañuelo, a las sotanas
y al carbonizado pedazo.
—Sobre esta losa de mármol
dejo ‘muestreo’ de acepción, [11]
para aprobar Biología,
del término «evacuación».
El Rey encendió bengala.
Qué alto el volumen ponía
Gabrielico, erre que erre,
del «Himno de la Alegría» [12].
Pues taco entre humos noquea
a psicópata de achanta.
Y echándose Chinche al tranco
se descuadró Puerta Santa [13].
Notas
[1] Dang dang de bronces: La sinonimia funciona, porque en Dalias el bronce contiene a la campana como la sangre contiene al pulso. Y cuando suena el dang dang, el aire entero parece tensarse como una cuerda antigua. El pueblo reconoce ese golpe metálico que no es solo sonido, sino un lenguaje heredado. Pero decir bronces es decir más que campanas, porque en la tradición poética y sacra el bronce es un símbolo que vibra, es lo que anuncia, lo que convoca.
El bronce aparece siempre como una materia que no solo se forja, sino que se carga de sentido. Su dureza y su resistencia lo convierten en una especie de metáfora de aquello que permanece cuando todo lo demás se desgasta. No es un metal precioso, pero sí es un metal noble, y esa diferencia es importante, porque el bronce no deslumbra, no seduce por brillo, sino por solidez. En él se concentra la idea de una fuerza que no necesita ostentación, una fuerza que se afirma en la continuidad, en la capacidad de soportar el tiempo sin perder su forma esencial.
Desde las culturas antiguas, el bronce se asocia a la heroicidad. En la épica homérica, lo de bronce es casi un atributo moral plasmado en las armas, los escudos, las corazas… extensiones del carácter del guerrero. El bronce es la piel suplementaria del héroe, la que lo separa del mundo y a la vez lo consagra en él. Por eso, cuando pensamos en bronce, pensamos en combate, en valor, en ese tipo de energía que se activa cuando la vida exige una respuesta firme. Pero también pensamos en memoria, en las estatuas que no solo representan figuras, sino que las fijan en un tiempo que ya no puede borrarlas. El bronce es la materia de la conmemoración, del gesto que quiere permanecer más allá de quienes lo contemplan.
Su peso y su tonalidad oscura le otorgan una dimensión ritual. No es un metal ligero ni frívolo; es un metal que pide solemnidad. En las manos del artesano, el bronce se convierte en testimonio del ingenio humano, en prueba de que la técnica también puede ser símbolo. La aleación misma, cobre y estaño, es una metáfora de la unión de fuerzas distintas que producen algo más resistente que sus partes. Por eso el bronce evoca maestría, oficio, inteligencia material.
En un plano más íntimo, el bronce sugiere estabilidad emocional, orgullo silencioso, firmeza interior. Es el metal de quienes no necesitan exhibir su fortaleza porque la llevan inscrita en su modo de estar en el mundo. En la narrativa, el bronce acompaña a personajes que encarnan esa mezcla de resistencia y nobleza terrenal, figuras que avanzan sin estridencias pero sin ceder. También acompaña escenas de lucha, de linaje, de legado, porque su presencia siempre insinúa que algo importante está siendo preservado.
Y en la dimensión sonora, el bronce tiene su propio peso,y las onomatopeyas que lo evocan, parecen resonar como un golpe firme, como un eco metálico que se expande. En la poética, ese sonido puede convertirse en una herramienta para transmitir densidad, gravedad, permanencia.
Por tanto, el bronce no es solo un material, sino una forma de estar en el tiempo. Representa lo que resiste, lo que se recuerda, lo que se honra. Es fuerza templada, memoria encarnada, nobleza sin artificio. Y cada vez que aparece en un texto, en una imagen o en una idea, trae consigo esa promesa de permanencia que solo los materiales verdaderamente simbólicos pueden ofrecer.
Las campanas de la iglesia de Santa María de Ambrox se fueron incorporando a lo largo de los siglos conforme se reconstruía el templo tras destrucciones y terremotos. La primera parroquia se funda en 1501 y, como era habitual, el obispado y los párrocos sucesivos encargan a distintas fundiciones la realización de los bronces, buscando piezas que puedan oírse desde los campos y cortijos del término. Cada reconstrucción importante del templo, tras la rebelión de los moriscos en el siglo XVI, tras el terremoto de 1804, y en las obras del XIX y principios del XX, trajo consigo nuevos encargos de campanas o refundiciones de las existentes, a menudo costeadas entre la diócesis y las aportaciones de los vecinos, que veían en el campanario un orgullo colectivo. Así, las campanas actuales son el resultado de varias generaciones de encargos, son bronces nacidos de manos artesanas lejanas, pero puestos a hablar por manos dalienses, que han mantenido el toque manual como una forma de fidelidad a esa historia.
Las campanas de la iglesia de Santa María de Ambrox llevan siglos marcando el ritmo de la vida daliense, mientras otras parroquias ya electrificaron los yugos y mecanizaron los repiques, Dalías ha mantenido el toque manual preservando esa irregularidad humana que hace que cada dang dang sea distinto, como si el bronce respirara, como si viajara por los parrales anunciando fiestas, incendios, nacimientos, duelos, procesiones y la devoción al Cristo de la Luz.
Y cuando vibra el bronce mayor, el más grave, es como si la tierra misma repicara. Ese tono, cargado de historia, es el que ha convertido a las campanas de Dalías en un emblema sonoro que no solo llama, sino que narra. Y cuando el pueblo lo escucha, sabe que no oye una máquina, sino la mano de alguien que continúa una tradición que ha sobrevivido a terremotos, reformas, generaciones y modernidades.
[2] Lentejina: El nombre Lentejina no nace como un simple apodo, sino como una condensación estética y moral, una miniatura deformada que recuerda a las criaturas de Valle-Inclán, seres cuyo diminutivo no suaviza, sino que acentúa la monstruosidad. En el Universo PeCa, Lentejina funciona como una figura que se alimenta literal y simbólicamente de lo que repite, de lo que cuece durante demasiado tiempo, de lo que fermenta hasta volverse corrosivo. Su nombre, derivado de su comida favorita, no es un guiño humorístico, sino una clave interpretativa, la monotonía culinaria como metáfora de una vida interior estancada, rancia, incapaz de renovarse. Y esa incapacidad se proyecta hacia afuera en forma de crueldad.
Lentejina aparece en poemas como Lentejas al mal de ojo, El banquete de la crueldad o Con cirios no enciende el mar, y en todos ellos se insinúa la misma constante, que la paz que ella encuentra no está en la armonía, sino en el sufrimiento ajeno. Es una psicópata doméstica, una verduga de niños, ancianos, y de alumnos y alumnas adolescentes, alguien que ha descubierto que el poder inquisidor, por mínimo que sea, puede convertirse en un bálsamo para su frustración. A diferencia de otros personajes como Chupaviejas que administra la muerte con solemnidad ritual, Lentejina administra el miedo con una eficiencia despiadada. Su sadismo no es épico ni teatral, es cotidiano y repetitivo, como sus eternas ollas de lentejas. Y su abuso de poder con los alumnos, su ensañamiento con quienes intenta amedrentar, la convierten en un personaje que no necesita grandes gestos para ser temible. Basta su presencia, basta su mirada que busca grietas, basta su manera de convertir cualquier gesto inocente en una falta disciplinaria. Que le hayan pinchado las cuatro ruedas del coche sus alumnos no es un acto de rebeldía heroica, sino la consecuencia natural de su proceder. Se puede decir, pues, que es el tipo de mujer que disfraza su resentimiento y sus envidias con discursos de superioridad moral; utiliza la palabra «feminismo” como un arma arrojadiza, no para reivindicar derechos, sino para justificar ataques contra aquellos hombres que sabe que jamás podrá superar. Su lucha no es ideológica, es personal, visceral, nacida de alguna herida que nunca cicatrizó, o porque, sencillamente, es una malnacida.
La contradicción entre su narcisismo y su comportamiento escatológico, como el de defecar en clase ante los alumnos, no es un exceso grotesco, sino una revelación. En ella, lo sublime y lo abyecto conviven sin conflicto. Quiere destruir proyectos ajenos, pero no controla su propio cuerpo; quiere imponer respeto, pero se exhibe en su forma más degradada. Esa incoherencia es su esencia, la de un eclipse peligroso, una sombra que se desplaza sin saber que oscurece todo lo que toca. Y el diminutivo del nombre Lentejina se vuelve irónico, porque no es pequeña, no es tierna, no es frágil; es una fuerza que se alimenta de la sombra; una mujer que ha hecho del odio y del rencor su liturgia, y del sufrimiento ajeno su forma de respiración. Su nombre, aparentemente inocente, es, por eso, un espejo deformante que devuelve la imagen de una mujer que vive para destruir.
[3] Chupaviejas: Chupaviejas es una figura que nace en la entraña rural de Dalías, pero que respira un aire más amplio, casi prehispánico, por la resonancia fonológica que comparte con el célebre Chupacabras mexicano. Esa cercanía no es casual, y Pepe Callejón la utiliza como puente simbólico entre dos imaginarios populares que, aunque distantes, comparten la misma fascinación por las criaturas que rondan la frontera entre la vida y la muerte.
En el universo PeCa, Chupaviejas no devora ancianas, administra su muerte en una maquinaria farsesca, pues es ayudado y acompañado por el Zopilote Maldades, buitre capaz de oler la muerte antes de que llegue. En la tradición mesoamericana el buitre es mensajero del tránsito, pero aquí funciona como cómplice, guía y señal que anuncia la muerte de anciana a Chupaviejas para que éste se ponga en marcha. Chupaviejas se entromete aparentemente por casualidad, y se ofrece a hacerle ‘mandaillos’ a la enferma colándose en sus asuntos con la precisión de quien sabe que cada gesto tiene un beneficio futuro; así hasta lograr ser beneficiario de las últimas voluntades de la viejecica. Su presencia constante, su disponibilidad exagerada, su manera de aparecer justo donde no debería, todo forma parte de una estrategia que culmina cuando tras lo inevitable, él aparece dentro del testamento.
Este personaje ya había asomado en el poema La confianza, donde su teatralización mezcla comicidad y sombra. Ahora, en esta nueva pieza, Chupaviejas se consolida como un arquetipo PeCa, el de un administrador y/o tesorero oportunista ante la muerte ajena, el que se cuela en los papeles, el que hereda lo que nadie suponía, el que camina con un buitre sobre el hombro como quien lleva un pacto silencioso.
Todo este universo será el núcleo del trabajo especial que el poeta daliense prepara para la Noche de Halloween y el Día de Muertos de 2026, un trabajo en el que Chupaviejas y su Zopilote tendrán un papel central dentro de una atmosfera que unirá la imaginería mexicana del tránsito con las supersticiones andaluzas de ánimas, velatorios y últimas voluntades. Chupaviejas, en ese contexto, se convertirá en una figura liminar, calculadora, simbólica, y profundamente ligada al olor de la muerte que solo un Zopilote sabe detectar.
[4] Octograma: El Dr. Callejón recurre, por conveniencia del poema, al término octograma para referirse a la estrella de ocho puntas situada bajo el altar mayor de la iglesia de Dalías. Lo hace plenamente consciente de que, desde una perspectiva estrictamente geométrica, algunos podrían objetar que la denominación es errónea; cosas como que la figura del pavimento no es un octagrama regular en sentido matemático, sino una estrella octogonal inscrita en un diseño ornamental propio de la tradición arquitectónica sacra. Pero en el territorio de la creación poética, donde las palabras se eligen no solo por su exactitud técnica, sino por su capacidad de resonancia simbólica, la elección de ‘octograma’ funciona como una convención artística que condensa en un solo vocablo la forma, la intención y la carga espiritual del símbolo.
La estrella de ocho puntas ha sido, desde la antigüedad, un signo de renovación, plenitud y luz. En el cristianismo, remite al octavo día, el día de la nueva creación inaugurada por Cristo, y por ello aparece en baptisterios, presbiterios y suelos de templos donde la liturgia subraya la transformación del creyente. En Dalías, donde la devoción al Santo Cristo de la Luz estructura la identidad del santuario, la presencia de esta estrella bajo el altar adquiere un sentido casi inevitable; es la figura que anuncia la irradiación, la claridad que brota desde el centro del espacio sagrado y que se proyecta hacia quienes lo atraviesan. Su geometría, más que un cálculo, es una metáfora, ocho direcciones que se abren como caminos de revelación.
Por eso, esta nota aclaratoria se adelanta a que algún especialista quisquilloso pudiera reprocharle al poeta que lo de Dalias no es un octagrama “puro”. El lector queda pues enterado de que la elección del término por parte del Dr. Callejón no es un desliz, sino un gesto deliberado. En la economía del poema, octograma nombra no solo la forma, sino la idea de una estructura que ordena la luz, que la distribuye en un patrón inteligible, casi ritual. La palabra, con su sonoridad precisa y su raíz griega, aporta una densidad conceptual que la expresión “estrella de ocho puntas” no alcanza. Sirva recordar que el lenguaje poético opera con licencias que no traicionan la realidad, sino que la interpretan, y el ‘octograma de la iglesia de Dalías’ es, en última instancia, una figura que se vuelve símbolo, y el símbolo, en manos del poeta, se vuelve palabra.
[5] Gitana: La mención con entonación xenófoba de la palabra «gitana» por parte de Francisco Trinidad, funciona como un pequeño mecanismo de relojería satírica activando un resorte que revela no tanto la identidad del agresor que fumiga al Rey con espray de pimienta, sino el racismo y el rencor del alcalde del PP. Ya el gesto de intervenir “al hilo”, con ese aplomo casi ceremonioso, le vale para disculpar los improperios blasfemos del Borbón como un buen lameculos que es; y con ello, capitalizar el incidente y redirigirlo hacia la lucha partidista local. La frase “Majestad, le vota a gitana” es el núcleo corrosivo del pasaje. No importa que el espontáneo haya rociado al Rey con espray de pimienta; lo que importa, para el alcalde, es que ese ciudadano vota a la candidata rival. La agresión física queda relegada a un segundo plano frente a la agresión simbólica que, según el alcalde, merece la estigmatización social.
El término “gitana”, sin describir una identidad real sino un marcador de desprecio, es un modo de clasificar a la contrincante del PSOE como alguien de menor rango social, susceptible de ser sobornada con bandejas de merengue, tradición caciquil que el propio alcalde presume en privado siguiendo la escuela de Gabriel Amat, el alcalde corrupto de Roquetas. La alusión pues, forma parte de una retórica racista que se ha normalizado en ciertos círculos, donde la política municipal se mezcla con favores, dulces y devociones religiosas instrumentalizadas.
Y la sátira se afila cuando el alcalde añade “Que es reincidente os prometo”. Porque la reincidencia no se refiere a la agresión con espray, sino al hecho de votar repetidamente a la “gitana”. Ese desplazamiento del foco, del delito real al “delito” ficticio político, retrata el sectarismo de Francisco Trinidad, ya que para él, el verdadero problema no es la violencia contra el Rey, sino la disidencia electoral. El Cristo de la Luz, convertido en herramienta de propaganda y de disciplinamiento moral, aparece como telón de fondo de esta lógica excluyente, cuando quien no vota “como debe” queda marcado como reincidente, sospechoso, casi pecador, o terrorista.
[6] “¡Inhale herbácea tortaja!”: Gabrielico Lirola es el productor de la ficción que sostiene todo el espectáculo y, al mismo tiempo, su víctima principal, porque cada intento de recuperar el control provoca una pérdida de control todavía mayor. A través del pañuelo que trae del Museo del Padre Turbio a la iglesia, intenta salvar la representación reproduciendo el mecanismo de la primera reliquia. El segundo objeto (el pañuelico con que se limpiaba las pajas el Padre Rubio) funciona, por tanto, como una repetición dramatúrgica; si una ficción sagrada ha dejado de funcionar, se fabrica otra. La insistencia de Gabrielico revela hasta qué punto el personaje está atrapado en su propia lógica. No sabe abandonar la idolatría porque su identidad depende de seguir produciéndola. Al mismo tiempo, el verso, un chiste delirante, es una llamada intertextual, una campanada que nos invita a buscar el episodio que Gabrielico menciona, abordado ya por Pepe Callejón en el poema Amor de mosca en el confesionario tremebundo del Padre Rubio, donde el jesuita holgazán aparece en su versión más teatral, más exagerada, más “bisbalizada” preparando al lector para el tono de la novela Las pajas del Padre Rubio, cuya publicación está prevista para 2027.
El poeta, pues, juega aquí, a la manera de los antiguos ciclos épicos en los que un poema remite a otro; un santo remite a un episodio de otro santo; o un gesto, incluso, remite a una escena futura. Todo va tejiendo la red que desembocará en la novela, mientras se construye un universo literario que funciona como una liturgia humorística, una hagiografía paródica y un teatro sacro gamberro y delirante con un sistema de referencias internas que dan cohesión. El lector atento, ya puede sentir que está entrando en una comedia mística, donde la historiografía se reinventa con cada verso.
[7] Pollones: La similitud fonética de pollones y empollones, funciona como una grieta abierta por el poeta para que el personaje Lentejina pueda sostener una coartada ante sus superiores más allá del poema; por si la docente necesita un resquicio lingüístico que le permita alegar que no se distrae en sus clases con «los cimbreles», sino que se trata de una confusión articulatoria, un simple tropiezo del habla. Que también le permita desmentir que su asistencia a la iglesia está movida por una pulsión morbosa de incorporar a la intimidad doméstica el trozo de madera junto flautas, clarinetes o cualquier instrumento que poder meterse por lo que viene siendo la raja del chocho.
La sátira se vuelve más incisiva porque nadie le ha preguntado nada, y aun así ella presume de haber pasado años contrastando los cimbreles de los pollones de los alumnos mientras escriben en la pizarra, como si esa observación fuese parte natural de su labor docente.
Esa confesión involuntaria, disfrazada de queja, expone la verdadera naturaleza del personaje, una mujer que ha convertido la mirada pedagógica en una mirada desviada.
El poeta juega con esa ambigüedad para intensificar la sátira. El término pollones aparece como una palabra que ella podría corregir, como lapsus, en cualquier momento. Pero no en este poema, donde la torpeza del lenguaje es también la torpeza moral de Lentejina. La posibilidad de que quisiera decir empollones funcionará como un salvavidas discursivo, una excusa que ella podría esgrimir ante un inspector o un director, pero el lector ya sabe que la frase ha revelado demasiado. La intervención de Lentejina es un autorretrato involuntario, y su entrada en la iglesia no es un acto de fe, sino una prolongación de su morbosidad cotidiana; su atención al taco de madera no es simbólica, sino voyeurista. El poema convierte ese desliz en un mecanismo de exposición; la lengua falla porque la conciencia falla, y en ese fallo se transparenta la verdadera motivación del personaje. La sátira se sostiene por tanto, en esa tensión entre lo que ella dice, lo que pretendería haber dicho y lo que en realidad está diciendo, con naturalidad, como Francisco Trinidad también hace al mostrarle el taco a su primo
[8] Cimbreles: La RAE no recoge esta palabra debido fundamentalmente a que se considera un mal uso del término correcto que es cimbel, que sí que está incluido en el diccionario.
Un cimbel es una especie de cordel, cuya finalidad es atar a la punta del cimillo un ave o figura de la misma, que sirve como señuelo para cazar. Se puede apreciar, pues, que dicho significado guarda poca relación o ninguna con el sentido que se la da de forma coloquial a la palabra, lo que hace pensar que posiblemente no sea el origen de cimbrel.
La teoría defendida por consenso general, es que cimbrel proviene de cimbrar, algo más lógico teniendo en cuenta que una de sus acepciones es “mover una vara larga o flexible cogiéndola por un extremo; hacerla vibrar”.
Cabe pensar que alguien relacionara la forma y los movimientos de la picha con una vara o rama y que para describir el movimiento también haya sido usado el verbo cimbrar. Y de ahí, que por metonimia, hoy se use el término cimbrel coloquialmente para hacer referencia al órgano reproductor masculino y sus balanceos que a Lentejina le gusta contrastar cuando saca a sus alumnos a escribir en la pizarra.
[9] Se espatarró tras denuncia/ y con gesto determinante/ a defecar darwinesca/ procedió determinante: La irrupción de la Callejona puerca (Lentejina) en la iglesia, lejos de ser una parodia, es una escena fundacional. No es que Lentejina profane el templo, es que el templo revela lo que ella es. Allí, bajo la luz que debería purificar, su figura se vuelve más nítida, más inquietante. No entra como penitente, sino como presencia ominosa, como si la arquitectura sacra fuese incapaz de contenerla. La figura de Lentejina introduce en el poema una dinámica de perturbación que opera a través de la acumulación y dispersión de excrementos. Su tránsito, el ir cagándose conforme camina como las cabras no debe leerse como un mero gesto grotesco, sino como una estrategia simbólica de destrucción de la armonía ceremonial. Allí donde la escena busca preservar solemnidad, continuidad o pureza ritual, Lentejina deposita una materia que, por su propia naturaleza, desestabiliza cualquier pretensión de orden. La mierda se convierte así en un agente de ruptura: un elemento que desbarata la forma y expone la fragilidad de aquello que se pretendía inmutable.
En este marco interpretativo, la conexión con la palabra bulo adquiere sentido. Aunque la etimología que lo vincula al caló [bul], “mierda”, pertenece más al ámbito de la tradición popular que al consenso filológico, su valor simbólico es indudable. La materia fecal, entendida como residuo expulsado, como sustancia que contamina y se propaga, ofrece una analogía eficaz para comprender la lógica del bulo: aquello que se difunde para ensuciar el entorno discursivo, para degradar la verdad y generar confusión. La mentira, en su forma más corrosiva, comparte con el excremento esa capacidad de infiltrarse, de infectar, de alterar el espacio que ocupa.
La acción de Lentejina, por tanto, puede leerse como una dramatización corporal de esa misma lógica. Su defecación no introduce bulos en sentido literal, pero sí materializa la esencia simbólica que la etimología popular atribuye al término: la maldad que se expulsa, la suciedad que se esparce, la voluntad de contaminar aquello que se presenta como sagrado o legítimo. En este sentido, la mierda funciona como una alegoría del daño moral: una sustancia que, al irrumpir en la ceremonia, revela la vulnerabilidad de sus estructuras y la presencia latente de aquello que pretende ocultarse.
La nota etimológica, entonces, no explica el gesto de Lentejina, sino que lo ilumina. Permite comprender que su acción no es solo un boicot, sino una forma de significación: la encarnación física de la corrupción simbólica que el bulo representa en el lenguaje. Su recorrido, marcado por la dispersión de excrementos, convierte la escena en un espacio donde la armonía se deshace y donde la verdad queda expuesta a la pestilencia de lo que se expulsa.
[10] Cazagnomos/ acorralar duendes (escrito en pizarra de la ilustración): La figura de Lentejina se construye como un dispositivo narrativo que articula distintas formas de violencia simbólica, y su evolución hacia la persecución de seres fantásticos como gnomos y duendes de Balanegra amplifica el alcance de la crueldad. En la caracterización que establece el poeta, la asociación entre suciedad, bulo y sociopatía ya sitúa al personaje en un registro de transgresión moral; su gesto de defecar en fiestas y/o rituales no es solo una acción grotesca, sino una forma de profanar los códigos comunitarios y de convertir la maldad en sustancia, en materia. Ese vínculo entre bul (mierda) y bulo funciona como una metáfora lingüística que refuerza su condición de agente corruptor, alguien que degrada lo que toca y que convierte la comunicación en residuo.
Sin embargo, la dimensión persecutoria añade un estrato más complejo. Cuando Lentejina se autoproclama cazagnomos, el lenguaje ya no remite únicamente a la suciedad moral, sino a la violencia organizada. Cazar implica método, paciencia, jerarquía entre quien persigue y quien es perseguido. En el aula, la frase escrita en la pizarra “cómo acorralar a un duende” transforma la biología en una pedagogía del hostigamiento. La clase deja de ser un espacio de conocimiento para convertirse en un laboratorio de dominación. El verbo [acorralar] es especialmente significativo, porque no se trata de un enfrentamiento abierto, sino de una estrategia de reducción del otro, de privarlo de movimiento, de opciones, de dignidad.
La elección de duendes y gnomos como víctimas no es inocente. En la tradición literaria y popular, estas criaturas suelen representar minorías simbólicas, seres pequeños, marginales, vinculados a lo doméstico o a lo rural, con una mezcla de vulnerabilidad y astucia que los hace susceptibles de ser convertidos en objeto de burla o de miedo. Al dirigir su violencia hacia ellos, Lentejina reproduce patrones de xenofobia y bullying, construye un “otro” inferior, lo deshumaniza mediante la caricatura fantástica y legitima su persecución como si fuera un ejercicio académico. La fantasía, en este caso, no suaviza la agresión, sino que la intensifica, porque permite que la crueldad se despliegue sin límites éticos aparentes.
El personaje, por tanto, encarna una doble lógica de dominación. Por un lado, la contaminación simbólica: la capacidad de convertir los rituales en escenarios de degradación, de transformar la palabra en excremento, de erosionar los vínculos comunitarios mediante el bulo. Por otro, la violencia estructural, la creación de un marco pedagógico para la persecución, la normalización del acoso como saber científico, la construcción de un imaginario donde ciertos seres, y, por extensión, ciertos grupos, pueden ser cazados, acorralados y estudiados como si fueran presas.
Esta combinación convierte a Lentejina en un arquetipo de agresora sistémica. No actúa solo desde la impulsividad o la maldad individual, sino desde una racionalización de la crueldad que la sitúa en un plano más inquietante, el de quien enseña a otros cómo hostigar, cómo reducir, cómo convertir la diferencia en objetivo. Su xenofobia fantástica es, en realidad, una metáfora de la xenofobia real; su obsesión por los gnomos y duendes revela un deseo de controlar y eliminar aquello que escapa a su orden. En ese sentido, la figura de Lentejina funciona como un prisma deformante de las dinámicas sociales de exclusión, mostrando cómo la violencia puede disfrazarse de ciencia, de humor, de ritual, sin perder su capacidad de herir.
[11] Acepción/ excepción: La escena lingüística que se abre con el lapsus de pollones en lugar de empollones ya había dejado entrever que Lentejina vive en un territorio donde la palabra se le escapa hacia zonas de sombra, como si su aparato fonético tuviera una inclinación natural hacia lo inconveniente. Ese desliz inicial no era solo un error, sino un síntoma. Y el nuevo dilema entre acepción y excepción confirma que su habla funciona como un espejo deformante de su propio narcisismo, un narcisismo que no se limita a la vanidad, sino que se filtra en la manera en que ella se piensa a sí misma como emisora de significados.
Porque aquí no se trata únicamente de confundir dos términos. Lo inquietante es que, al hablar de la evacuación simultánea de la iglesia y del vientre, Lentejina parece deslizar la idea de que su propio tránsito intestinal merece una categoría semántica superior, casi sublime, como si su caca fuera un fenómeno digno de estudio académico, un “muestreo de excepción”. La palabra acepción, pronunciada con solemnidad, se convierte en un intento de ennoblecer lo que en realidad es una evacuación fisiológica. Es el narcisismo operando en su forma más íntima, la necesidad de elevar cualquier rastro personal, incluso el más corporal, a la categoría de concepto.
En ese gesto verbal hay una especie de liturgia invertida. La iglesia se vacía, el vientre se vacía, y ella, en medio de ambas evacuaciones, se permite la fantasía de que su propio residuo merece un nombre más alto, más académico, más digno de figurar en un examen de Biología. La losa de mármol sobre la que deja su “muestreo” no es solo un soporte físico, es el pedestal simbólico donde su ego deposita aquello que, en cualquier otra persona, sería simplemente desecho.
Por eso su explicación mientras defeca, no es una broma escatológica, sino la culminación de esa lógica narcisista que todo lo eleva, incluso lo que debería permanecer oculto:
«Sobre esta losa de mármol
dejo muestreo de acepción,
para aprobar Biología,
del término evacuación».
La losa, la acepción, la asignatura antagonista a la fe… todo se convierte en un escenario donde Lentejina intenta transmutar lo fisiológico en académico, lo íntimo en público, lo banal en excepcional. Y en esa transmutación, el lapsus deja de ser un accidente y se revela como una forma de pensamiento.
[12] Himno de la Alegría: Cabe hacer mención al Himno de la Alegría al que Gabrielico recurre como banda sonora en la última estrofa. Para un lector ajeno al ámbito parroquial daliense, la referencia puede funcionar como símbolo universal del triunfo del bien sobre el mal, eco secularizado de la Oda a la Alegría de Schiller y de la lectura moralizante que suele acompañar la música de Beethoven en contextos populares. En esa clave, la escena del taco de madera que noquea a Lentejina se percibe como un escarmiento providencial, un gesto de justicia poética que Gabrielico ambienta con la misma convicción con la que, en la tradición hagiográfica local, se atribuyen a Dios los correctivos ejemplares. El poema incluso permite una resonancia con el episodio recogido en la poesía Brindis con luz de Candela de Pepe Callejón, en donde el Padre Rubio, figura turbia venerada en la religiosidad más recalcitrante, es supuestamente objeto de burla por parte de unas prostitutas, y los escribanos del clero editan el desenlace como una intervención divina que restituye el orden moral, justifica las correrías del Padre Rubio, y crea temor a la gente. Gabrielico, en su relato, se sitúa en esa misma línea, porque el taco no es solo un objeto, sino un instrumento de escarmiento, un guiño paródico de la justicia celestial contra Madame Lentejina, que encarna la oscuridad y el mal
Sin embargo, para quienes pertenecen al entorno parroquial de Dalías, la lectura cambia por completo y se vuelve abiertamente cómica. Durante las décadas de los 80 y 90, Gabrielico Lirola conocido igualmente como Gabrielico el santo, se enalteció como organizador de eventos folclóricos en el casino de Dalías a través de subvenciones a su asociación cultural, y determinada versión del Himno de la Alegría fue recurrente como si fuera su propia marca sonora, casi como si a Miguel Ríos lo hubiera parido él mismo. La melodía, repetida hasta la saciedad, se ha convertido en un rasgo identitario del personaje. Por eso, cuando en el poema Gabrielico “erre que erre” pone el remix a todo volumen del himno en medio del caos, el efecto es estruendosamente humorístico para el lector local, pues no solo se trata de una invocación solemne al triunfo del bien, sino de la banda sonora habitual del propio Gabrielico, un tic musical que aparece en cualquier situación, por inapropiada que sea.
El poema juega así con una doble capa de recepción: solemnidad simbólica para el lector externo, y comicidad costumbrista para el lector interno. Esta ambivalencia refuerza el carácter híbrido del cierre, donde lo sagrado y lo profano, lo épico y lo ridículo, lo milagroso y lo doméstico se entrelazan. El Himno de la Alegría funciona como un puente entre ambos mundos, pero también como un detonante de la risa, especialmente cuando se combina con la imagen final de la ‘Puerta Santa’ descuadrándose, incapaz de sostener la tensión entre la parodia y la sacralidad.
[13] Puerta Santa: La designación de la Puerta de la iglesia de Dalías que cruza Remedios la Chinche bajando por la calle del Casino como Puerta Santa no responde a una consagración litúrgica ni a un protocolo eclesiástico, sino a un gesto plenamente poético, una investidura simbólica otorgada por el autor, que eleva un umbral cotidiano.
En la lógica interna del poema, esta puerta se convierte en un lugar de tránsito dramático, donde lo profano y lo paródicamente sagrado se entrecruzan. La santidad, por tanto, no es teológica, sino literaria, pues nace del poder performativo del verso. Y adquiere mayor relevancia cuando se observa como cierre cíclico, porque el texto regresa al humo, pero ya no al metateatral de los sanantones, sino al humo festivo y caótico de la bengala que prende el Rey. Sí bien el término «humos» posee una potencia polisémica tremenda, por aludir ala vez a una acuarela dantesca de egos ridículos y casposos.
En ese clima de parodia sacra el taco de madera es convertido en objeto milagroso por vía satírica. Su capacidad para noquear a la “psicópata de achanta” se presenta como una burla del imaginario hagiográfico, evocando irónicamente el gesto combativo de San Miguel, pero trasladado a un escenario doméstico, picaresco y carnavalesco, paradójicamente con otro Miguel de hilo musical. Lo más interesante, es que el poeta no especifica con los versos «El taco entre humos noquea/ a psicópata de achanta», quien descalabra a Lentejina arroáandoselo a la cabeza mientras defeca, sino que invita al lector a suponerlo con el cierre desternillante «Y echándose Chinche al tranco/
se descuadró Puerta Santa», en el que la Chinche (Remedios) descuadra la puerta de la iglesia chocando contra ella, o tal vez de un cuescazo. El poeta no lo aclara, lo deja así, y se refiere a esta entrada como puerta santa, en homenaje a su madre, que accedía al templo por ahí para asistir a las novenas, igual que Remedios.
El cierre, por tanto, no clausura el poema, lo abre. La Puerta Santa descuadrada es un signo de continuidad, un umbral que ya no separa lo sagrado de lo profano, sino que los mezcla. El poema termina en un estado de inestabilidad ritual, como si esa Puerta Santa quedara vibrando, a la espera de una nueva entrega o un nuevo acto dramático.
Dr. José A. Callejón.
Daliense Universal.