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22 marzo 2026

Como en el ruedo (Reedición con Prólogo y Notas de Autor)

© Dr. José A. Callejón

Prólogo

No sé si es clarividencia
lo que me dio la albahaba [1];
o quizá fue un gato negro
que por mi infancia moraba. 
Pero un día me exaspera
superchería de un prelado,
y fue entonces que supe
que puedo oír lo callado.

No es un don que yo controle
de tiranía o de esclavitud
que a veces se hace susurro,
y a veces pompa o ataúd. 
Ni es intuición ligera,
ni un simple presentir
si oigo, de otros, pensamientos 
de regocijo al maldecir.

Ya en medio de esa incordura
que me subleva, o visión,
no puedo ni denunciarles,
o me pondrías tú inyección.
Que más quisieran con bulos
patéticos ningunear
meapilas y orcos rabudos
desde una capilla al mar [2].

Les pone herir a un miura
con vino, vil diversión.
O el gimoteo, hacer posturas
tras maniquí en procesión.
Mi réquiem va por la víctima
que falleció siendo aún niña. Mas,
tras coincidir con el tío yo,
transita a poema gris flash…

Como en el ruedo
© Dr. José A. Callejón

En la quietud de insuperable leucemia,
junto a un lecho babeando está Juan.
Nueve años, la inocente bella,
lucha en la camita contra el cruel plan.

Sus ojos, portal al cielo,
reflejan posidonia que en océano hay.
Juan la observa agonizar obseso
mientras luz de la vida se va.

Es su sobrina… Fue, a los cinco años
cuando el Pies de Pato, la llevaba a mar.
Que nunca a nadie ella le ha hecho daño
no conmueve al carcamal.

Con mano pringosa, y en erecto estado,
al pierna infantil tocar
colma horror insospechado
como un antihéroe de postal.

Les muestra mueca equina y torva
a mamá y papá, qué horror,
e igual que un espectro que estorba
se aparta impune a lo mataor.

(Requiem por una niña que falleció de leucemia. Desde el máximo respeto a las víctimas de abusos pedófilos, y en contra de un rito psicópata y criminal que se deleita cruel viendo agonizar a los nobles toros).

                   Juan T. en plena faena


NOTAS DE AUTOR

3. El apelativo Pies de Pato funciona como un epíteto degradante que despoja al personaje de cualquier dignidad y se convierte en signo de vulgaridad y torpeza, casi caricaturesca. En la tradición literaria, los epítetos animalescos suelen marcar la frontera entre lo humano y lo bestial, y aquí el pato, animal asociado a lo cómico y lo ridículo, acentúa la condición grotesca del viejo taurino.  Y esa vulgaridad corporal se convierte en espejo de la vulgaridad moral. Así, la animalización no es inocente, convierte al sujeto en un ser condenado a ‘chapotear’. Cabe mencionar que el verso «Pies de pato la llevaba a mar» genera una homofonía entre «a mar» y «a amar» abriendo un doble plano de sentido. En la superficie literal, el acto de llevar a la niña al mar remite a la pesca, a un gesto cotidiano.  Pero en el plano oscuro, la resonancia con «a amar» introduce la violencia del abuso, la perversión disfrazada de afecto. La fonética se convierte en un mecanismo de revelación; lo que parece inocente se tiñe de siniestro. Este deslizamiento sonoro es un recurso poético que expone la tensión entre lo dicho y lo sugerido, entre la apariencia de normalidad y la verdad oculta. La poesía, al jugar con la ambigüedad, denuncia sin necesidad de explicitar. Por tanto, «Pies de Pato la llevaba a mar» no es solo una imagen grotesca, sino un mecanismo poético que expone la tensión entre lo visible y lo indecible, entre la banalidad del gesto y la tragedia del abuso.

Con respecto a esta lectura, quiero precisar que los patos son miembros de la familia Anatidae, y que constituyen un ejemplo fascinante de adaptación y plasticidad ecológica. Aunque muchas especies, como el Anas platyrhynchos, se asocian principalmente a ambientes de agua dulce (ríos, lagos y humedales interiores), no se limitan a ellos. La biología de estas aves revela una capacidad sorprendente para habitar también espacios salinos y marinos, donde especies como el Somateria mollissima (eider común) o el Melanitta nigra (negrón común) han desarrollado mecanismos fisiológicos que les permiten sobrevivir en mares y estuarios. La presencia de glándulas de sal en estos patos marinos es un rasgo evolutivo que les otorga la facultad de excretar el exceso de sodio, abriendo la posibilidad de beber agua salada y de alimentarse en ecosistemas costeros. De modo que la flotabilidad de los patos, reforzada por la densidad del agua salada y por la impermeabilidad de sus plumas gracias a la secreción de aceites, les permite desplazarse con igual soltura en lagunas interiores y en bahías abiertas. El Spatula clypeata, por ejemplo, se mueve con naturalidad entre humedales de agua dulce y lagunas salobres, demostrando que la frontera entre lo dulce y lo salado no es una barrera infranqueable, sino un espacio de tránsito. Esta versatilidad se refleja también en sus hábitos migratorios, ya que bandadas enteras cruzan continentes y mares alternando hábitats según la estación, como si su propia existencia estuviera marcada por el movimiento entre mundos.

La imagen del pato, entonces, trasciende lo meramente zoológico. En su capacidad de habitar aguas dulces y saladas, de moverse entre lo terrestre y lo marino, se revela una metáfora poderosa, la de figuras versátiles de tránsito y ambigüedad, símbolos de la posibilidad de cruzar fronteras y de habitar simultáneamente lo múltiple, lo híbrido, lo intermedio. En ellos se encarna la poética de lo liminal, la fuerza de quienes no se conforman con un solo territorio, sino que hacen de la ambigüedad su espacio vital. La animalización estética del personaje no es mero recurso satírico o bufonesco, sino un espejo deformante que revela lo que de pedófilo y necrófilo se oculta bajo la máscara de la campechanía. En este caso, la mueca equina con dentadura prominente, su sonrisa forzada que más parece relincho que gesto humano, sirve de antesala a la ridiculización. El rostro se convierte en caricatura zoológica, y la ‘catetura’ se expone sin necesidad de más pruebas; basta la dentadura que se abre como portón de establo para que el espectador intuya la rusticidad del alma (retrato de portada). Y que Rosa, su mujer, sea más fea que Picio, no le vale tampoco como excusa.

.                     Juan T. Pedófilo de Adra.


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